domingo, 26 de enero de 2014

La Minga

     
Es Sábado y amanece despejado. Es un gran día pero no precisamente porque es para el descanso. Hoy es día de minga, de cambio de casa. Todo listo y dispuesto, la casa nueva vacía espera ansiosa llenarse de sueños, mientras que en la vieja rumbas de cajas apiladas esperan su traslado. El ajetreo comienza temprano, cuando los amigos y familiares acuden en ayuda, a compartir la alegría del cambio, a reir cargando en un camión cajas hasta el borde llenas de ilusión.
 
Pero...no todo es alegría. La noble casa vieja despide su paso, un ciclo que ya acaba. Ella guarda entre sus paredes los secretos más íntimos de sus antiguos habitantes. Los guarda con amor, y con el debido respeto que merece esta silenciosa relación. A ella, a la casa, se le ha conferido una confianza única. En ella se guardan las situaciones más íntimas del hogar, es ella la que evoca los recuerdos más escondidos.

Ella está triste, SÏ, se va su Hogar, se va para no volver más. Pero robusta y sólida, seguirá intacta, soñando y añorando compartir nuevamente junto a sus antiguos moradores. Ella mantendrá un luto, un llanto desde su eterno silencio.

...pero la casa vieja jamás es insolente, no es, por ningún motivo, egoista para con sus amigos de antaño. Sus ventanas abiertas reciben el último fresco, las cortinas le bailan a los ahora despedidos.

Poco a poco, el eco de un cálido vacío se apodera de sus rincones. La casa vieja, llora y ríe, porque sabe que el fresco entrante, la luz cálida y el eco del vacío invitará a nuevos amigos, llegará a ella un nuevo hogar, una nueva familia deseosa de cobijarse de la lluvia, bajo su tejado.

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